Novela Histórica

Sábado, 04 del Septiembre de 2010
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La traición de Roma

La traición de Roma
Es la tercera y última entrega de la trilogía sobre Publio Cornelio Escipión

La traición de Roma es la tercera y última entrega de la trilogía sobre Publio Cornelio Escipión. El rotundo éxito de las anteriores entregas, Las legiones malditas (más de 60.000 ejemplares vendidos) y Africanus (más de 40.000 ejemplares vendidos) confirman que nos hallamos ante la novela histórica más esperada del año. 

“Siempre me ha interesado la historia y, en especial, los hombres que son capaces de forjar la historia misma. Escipión era uno de estos hombres”. (Polibio, en La traición de Roma).
 
“Hay tanto que contar que parece una historia imposible de narrar”.
(Lelio, ibidem).

“Después de toda una vida luchando contra Aníbal parecerá absurdo, pero creo que si Aníbal y yo hubiésemos sido los dos romanos o los dos cartagineses hubiéramos sido grandes amigos. Grandes amigos. Éste es un mundo extraño”. (Publio Cornelio Escipión, ibidem).


Estas tres citas extraídas de La traición de Roma son otras tantas claves de la novela y de la trilogía. La primera frase la dice el historiador griego Polibio, pero es fácil pensar que el autor, Santiago Posteguillo, la suscribe totalmente y es el motor de la trilogía. La segunda da una idea de la grandeza de la historia que se cuenta, del gran esfuerzo del autor para contarla (seis años y medio para ser exactos) y de la necesidad de repartir esta epopeya en tres voluminosos títulos. La tercera expresa de un modo conciso y definitivo la compleja relación del protagonista con su principal antagonista, uno de los grandes temas que recorren la trilogía.


Con La traición de Roma, Santiago Posteguillo culmina de una manera absolutamente brillante la trilogía que ha dedicado a la vida de Publio Cornelio Escipión. Como en los dos títulos anteriores (Africanus y Las legiones malditas, de los que se han vendido decenas de miles de ejemplares), Posteguillo combina magistralmente el rigor histórico, la creación de personajes, la ambientación, la tensión dramática y la agilidad narrativa. Cuando todo eso coincide, como es el caso, la novela histórica alcanza una calidad difícil de igualar y justifica plenamente el que se haya convertido en uno de los géneros preferidos por los lectores.


La traición de Roma arranca donde quedó el volumen anterior y cierra todos los interrogantes que se habían ido planteando. Publio Cornelio Escipión acaba de culminar una campaña en África. Se dispone a regresar a Roma, aureolado por sus triunfos militares, y ya ese regreso no está exento de problemas. ¿Se le concederá el triunfo, la ceremonia de entrada triunfal en Roma? ¿En qué condiciones? Escipión, que ya se ha ganado el apelativo de Africanus, se ha convertido en un general demasiado importante y prestigioso. Sus enemigos políticos, a cuya cabeza está Marco Porcio Catón, ven con recelo ese prestigio que le rodea; temen que Escipión no se conforme con ser un gran general, amado por el pueblo. Se plantea ahí una cuestión importante de la historia de la República romana: la eterna tensión entre los senadores y unos generales que, aupados sobre sus victorias militares, adquieren demasiado poder y despiertan en aquéllos el temor de que quieran coronarse reyes y hacer desaparecer la República.


La rivalidad entre Catón y Escipión, en la que no se sabe bien dónde acaba la defensa de la legalidad republicana por parte del primero y donde empiezan la envidia y el rencor, apunta a ese crucial problema histórico y es uno de los hilos conductores del relato.


Otro hilo conductor es el (casi eterno, también) enfrentamiento entre Escipión y Aníbal; un enfrentamiento del que nacen la admiración y el respeto entre ambos generales, un sentimiento de comprensión recíproca, e incluso una simpatía cada vez más evidente. Ese proceso está marcado en la novela por algunos jalones muy concretos, como son su encuentro en unos baños de Éfeso o la batalla de Magnesia. En ésta, Aníbal, que actúa como asesor del rey Antíoco de Siria, pero que no tiene la última palabra sobre la dirección de la batalla, teme que Escipión piense que una decisión táctica equivocada es obra suya; “eso me dolería más que el destierro”, dice. Escipión, por su parte, admira los recursos de Aníbal (hombre de múltiples tretas, como Odiseo) y se alegra de sus triunfos cuando son contra terceros.


Paisajes, personajes, batallas, sentimientos

La traición de Roma es una excelente novela histórica en la que no faltan los mejores ingredientes de las novelas sin adjetivos. Por ceñirnos a la clásica terna que Miguel Delibes suele citar y aplicar a sus propios relatos –un paisaje, un personaje, un conflicto- aquí hay abundancia de todos ellos:


Los paisajes en que transcurre La traición de Roma son múltiples. Quizá el principal sea Roma, una urbe pletórica de vida, bulliciosa de mercaderes, delincuentes y prostitución de ambos sexos, con la incesante actividad comercial de su puerto y en la que aparecen las primeras luchas de gladiadores, antes de que éstas se popularizaran y fueran organizadas por el poder; luchas que contemplaban unos espectadores más bien cobardes, pero amigos de presenciar el derramamiento de la sangre ajena. La novela ofrece una reconstrucción vívida y fiel de la vida romana: las ceremonias (como la del triunfo, la entrada triunfal en la ciudad de los militares victoriosos, que el autor describe con la fuerza de Mankiewicz en Cleopatra), las ejecuciones en la roca Tarpeya, el trato con los esclavos, la vida familiar (las relaciones entre esposos o el reconocimiento de los hijos), las supersticiones…


Pero estamos en los años en que Roma se está extendiendo por el mundo. Y aparecen también esos paisajes: una Hispania que dista de estar pacificada; Cartago, derrotada pero no destruida (como se encarga de recordar Catón con su estribillo delenda est Carthago); Alejandría, las ciudades de Asia Menor o Fenicia.


Igualmente numerosos e interesantes son los personajes de la novela, unos personajes construidos con firmeza y mostrados con toda su complejidad, sin ocultar sus contradicciones. Personajes que no son de una pieza, buenos o malos de un modo absoluto. Por ejemplo, se muestra la mezquindad de Escipión al querer eliminar a Graco, rival político que, además, parece pretender a su hija. Y Catón, que a menudo aparece como un político maniobrero y de pocos escrúpulos, no deja de ser alguien que cree en la justicia de sus acciones, como reconoce el propio Escipión en sus memorias.
 

Graco, por su parte, es un personaje complejo, que tiene la grandeza de aceptar en una batalla, cumpliéndola más allá de lo exigido, una orden de Escipión que es prácticamente una condena a muerte, y cuya honradez personal le hará dudar del bando político al que debe lealtad.


En cuanto a los conflictos que llenan La traición de Roma, éstos son tanto políticos y militares (ya se sabe que la guerra es la política continuada por otros medios), como personales y sentimentales. Y ambos son igualmente importantes.
 

Los conflictos políticos se dan tanto en el campo de batalla como en el Senado, y ambos escenarios son partes esenciales de la novela. Las batallas están descritas con una minuciosidad, un realismo, una fuerza y una viveza realmente inusuales. El autor presenta las batallas desde todos los ángulos, siguiendo el despliegue de las fuerzas en cada momento (el relato de alguna llega a ocupar más de treinta páginas; además, el autor incluye esquemas al final del libro) y describiendo las tropas y el armamento empleado. El lector se siente completamente dentro de la lucha, percibiendo el dramatismo y la tensión inmediatamente anteriores a su comienzo o la angustia de tener que dar y acatar órdenes que suponen una muerte casi segura. El desarrollo de alguna batalla de esta novela es como una gran partida de ajedrez (sólo que abunda la sangre y se mata y se muere de verdad), en que la estrategia es esencial, los clásicos ofrecen modelos útiles, como el del gran Alejandro en Gaugamela, y la disciplina es la mejor garantía de supervivencia para unas legiones romanas perfectamente imbuidas de la necesidad de mantenerla.
 

Con no menos fuerza y realismo está plasmada en la novela la vida política que se desarrolla en el Senado, un Senado en el que, se dice, “todo parecía estar regulado, pero todo valía”. En efecto, abundan en él la demagogia y las malas artes, la manipulación de la realidad, la magnificación de detalles sin importancia pero que convienen a quien los destaca; usos que hacen pensar al lector que muchos políticos actuales son sólo aprendices de aquellos maestros. Pero brillan también en el Senado artes más nobles, como las de la mejor oratoria, entre cuyos recursos destaca el uso de la ironía. La de Catón puede recordar en algún momento a la usada por Marco Antonio en su magnífico discurso en el Julio César de Shakespeare, cuando arrastra a su auditorio a pensar lo que él quiere que piensen empezando por decir lo contrario.
 

Junto a estos conflictos bélicos y políticos, hay otros muy distintos. Por ejemplo, el que une y separa a la vez a la hija menor de Escipión, Cornelia (un personaje inolvidable en una novela que tiene muchos), y el rival de su padre Tiberio Sempronio Graco. Ambos protagonizan una hermosa historia de amor más sugerida que explícita.
 
Y mucho más

La traición de Roma es una excelente novela llena de ingredientes atractivos. Transcurre en los años en que Roma se está convirtiendo en el gran imperio, tras desbancar a Cartago, por lo que destaca en ella el contexto geopolítico; un juego de alianzas, presidido por la máxima de que los enemigos de mis enemigos son mis amigos. Un fiel exponente de esto es Filipo V de Macedonia, enemigo de todos los que le rodean, pero empujado a aliarse coyunturalmente con algunos que le son más favorables.


La novela está  llena de unos personajes a los que cuesta considerar secundarios. Es el caso de Areté, a la que vemos de niña, escapando de una muerte segura en una ciudad asediada, y que reaparece más tarde convertida en prostituta de lujo. O de Publio Cornelio Escipión hijo, que ganará en el Senado de Roma batallas muy distintas, pero no menos importantes que las de su padre. O de Maharbal, el fiel lugarteniente de Aníbal. O de Plauto, el comediógrafo al que una vida llena de altibajos ha enseñado a ser prudente y humilde.

Las relaciones entre todos estos personajes son de una intensidad y una complejidad extraordinarias. En primer lugar, desde luego, las que mantienen Escipión y Aníbal. Las de ambos son auténticas vidas paralelas, marcadas al final por el exilio y la traición de los suyos. De esa relación dan buena idea algunas frases de Escipión: “Mi vida no se puede entender sin atender a Aníbal”; “no me es posible guardarle un rencor definido”; o “ya no hay generales como él”. Aníbal, por su parte, piensa que Escipión es “el único romano con el que mereció la pena hablar”.

Pero están también las relaciones de Escipión y Catón, Catón y Graco, Graco y Cornelia. Y no faltan los momentos de verdadera emoción, como las muertes de Escipión o Maharbal; o el acercamiento de la joven Cornelia a la experimentada Areté, esclava de su familia, para que la inicie en los secretos del sexo ante su noche de bodas.
 
Hay personajes individuales, y están los romanos en conjunto, unos romanos que aparecen a los ojos de los demás como un pueblo extraño, que –como piensa la esclava Areté- no hay quien los entienda.

Esta novela extraordinaria incluye también un estupendo guiño no exento de humor a costa del segundo volumen de la Poética de Aristóteles, que hará las delicias de quienes disfrutaron con El nombre de la rosa.

La traición de Roma se cierra con esa sensación que sólo procuran las mejores novelas, la pena de que se termine, las ganas de seguir leyendo todavía después de sus 800 páginas. Seguro que serán muchos los lectores –y ésta es otra de las virtudes de la novela histórica que ésta cumple a rajatabla- que se lanzarán a leer libros de historia para saber más de Escipión, de Aníbal, de Catón, de Graco (dos de cuyos hijos protagonizarían una famosa reforma a favor de la plebe), esos personajes que acaba de sentir cercanos y palpitantes de vida en la novela.

EL AUTOR

Santiago Posteguillo es profesor de lengua inglesa y literatura en la Universitat Jaume I de Castellón. Doctor en filología inglesa y alemana por la Universitat de València, ha dirigido numerosos proyectos de investigación y tesis doctorales sobre lingüística aplicada a la enseñanza de las lenguas, traducción, lexicología o análisis del discurso especializado. En 2006 comenzó su carrera de escritor.
 

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